Liderazgo populista: convicciones y responsabilidad

El liderazgo es sobre todo un proceso de creación de valor colectivo, cuando solo defiendes a toda costa una posición política sin tener en cuenta sus consecuencias, acabas destruyendo valor y dividiendo a los tuyos

Cada época histórica va asociada a un tipo de liderazgo. En la actualidad al observar el comportamiento de nuestros líderes políticos, parece que el populismo como “estilo de liderazgo” va ganado adeptos, sobre todo en los movimientos sociales y partidos emergentes. Las características mas observables de este nuevo tipo de liderazgo son:

  1. Personalismo: adhesión a una persona, a sus ideas y su voluntad.
  2. Paternalismo: relación directa y altamente emocional entre líder-seguidor en la que el líder no reconoce mediaciones organizativas o institucionales,
  3. Confrontación: el líder habla en nombre del pueblo y potencia discursivamente la oposición de éste con “los otros”.
  4. Empatía: Tienen una gran la capacidad de empatizar con los sentimientos y formas de pensar de las masas, y con frecuencia simplifican y radicalizan valores y puntos de vista que ya son ampliamente compartidos por un colectivo social.
  5.  Radicalidad: tiene como objetivo la transformación radical de un orden institucional, busca cambiar y refundar el status quo dominante.

El liderazgo político populista es siempre radical, en el sentido de que su objetivo final confesado es cambiar los valores de la sociedad y cambiar el estado de las cosas que consideran injustas. Y su punto de partida es un antagonismo político diferente al tradicional, de “derechas” e “izquierdas”. Su lógica discursiva polariza el espacio entre el “pueblo” y las élites dominantes, la “casta”. Sus líderes buscan llegar al poder para cambiar el status quo actual, y movilizan a sus seguidores apelando a la lucha constante de “los de abajo” frente a “los de arriba’” como un instrumento para reforzar la identidad colectiva y transmitir sus ideales a la sociedad.

En una sociedad conectada el populismo como forma de movilización de masas en torno a unas aspiraciones compartidas está aquí para quedarse. En nuestro país ya podemos decir, sin riesgo de error, que el populismo como nueva forma de hacer política ha terminado con el bipartidismo dominante, forzando una nueva ética política, mas próxima a los ciudadanos y mas centrada en valores, y cambiado la forma de hacer política de los partidos tradicionales. También han hecho posible la emergencia de nuevos actores, partidos y coaliciones que hoy gobiernan las capitales mas importantes del país. Y lo que es aún mas importante, han abierto la esperanza de una regeneración de nuestra democracia, lo que sin su aparición, hubiese sido imposible.

Ética política: convicciones y responsabilidad

Fernando Savater, en su libro Ética para Amador, define la ética como «el arte de vivir, el saber vivir, por lo tanto el arte de discernir lo que nos conviene (lo bueno) y lo que no nos conviene (lo malo)». Y en la ética política hay dos lógicas dominantes a la hora de decidir sobre lo que nos conviene o no nos conviene en un momento determinado. Siguiendo el pensamiento de Max Weber, la mayoría de los políticos a la hora de decidir sobre la moralidad de un hecho concreto se basan en dos principios : convicciones y responsabilidad. En el primer caso se actúa creyendo que se está haciendo un bien, pero no se siente responsable de las consecuencias de la acción. En la segunda, se tienen en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción. Y se interpreta la acción en términos de medios y fines.

En mi opinión ambas éticas  no son contradictorias sino complementarias. Es decir que el líder a la hora de decidir debe valorar las consecuencias de los actos y cotejar los medios con los fines, que en todo caso han de estar alineados con su convicciones políticas. El liderazgo populista antepone siempre, las convicciones frente a la responsabilidad y el pragmatismo.

populismoLa cuestión es que cuando la ética de las convicciones se convierte en una ética absoluta, basada en la defensa a toda costa de una posición política, sin tener en cuenta las posibles consecuencias que nuestras acciones tienen para las demás personas, como líderes podemos destruir más valor del que pretendemos crear. Como argumenta muy bien José Ignacio Torreblanca en su reciente articulo en El País, esa manera de actuar nos puede llevar a la estupidez colectiva y a la irresponsabilidad política. En sus palabras: “Obrar de acuerdo con nuestras convicciones sin preocuparnos de las consecuencias de nuestras acciones es propio de una lógica religiosa, no política. El principal efecto es que los actores se exoneran a sí mismos de las consecuencias que sus decisiones deparen”.

La ética de la responsabilidad, por el contrario, obliga a tener muy en cuenta las posibles consecuencias de la acción, hasta tal punto que en alguna ocasión el líder, situado ante el dilema de la opción, puede considerar preferible sacrificar momentáneamente sus principios, con el fin de evitar el mal mayor de las previsibles consecuencias nefastas de una acción exclusivamente orientada de acuerdo con las convicciones. Más allá de las naturales luchas de poder, esta y no otra, es la cuestión a que se enfrenta el partido socialista en su próximo Comité Federal, a la hora de decidir sobre si abstenerse o no, para facilitar la investidura de Rajoy.

Esta situación critica y de enormes consecuencias para la socialdemocracia española podría haberse evitado si Pedro Sanchez como Secretario General ante el dilema de tener que decidir entre:

  1.  Ejercer un liderazgo responsable, acabar con el bloqueo institucional, abstenerse y ejercer una oposición radical, liderando iniciativas políticas en temas de corrupción, reforma electoral, políticas activas sociales, cuestión territorial, contratación laboral y un largo etc de medidas que ya tenia acordadas con Ciudadanos, pero que ahora eran posible con el apoyo de Podemos y ante un PP minoritario en el congreso.
  2. Ejercer un liderazgo populista, hacer del “no es no” un principio absoluto, empatizar con el sentimiento de rechazo a Rajoy en sus bases, simplificar el debate:  “Si o no a la corrupción”, personalizarse como el líder del cambio, confrontar al los barones del partido con las bases, y convocar un congreso extraordinario para hacerse con el poder y cambiar el status quo del partido.

Hubiese elegido como “mal menor” la primera opción,  sabiendo que no había aritmética posible para un gobierno alternativo y que la situación le llevaría sin remedio a unas terceras elecciones, la división de su partido, la polarización de sus militantes, la perdida de votantes, y un nuevo gobierno más mayoritario el PP.

Sin embargo, optó por la segunda opción y las consecuencias han sido letales para su partido, y para él, aunque esto dependerá del grado de apoyo que reciba de los simpatizantes en las primarias a las que tiene intención de presentarse. Uno de los problemas de la ética de las convicciones es que al romper el vinculo entre acciones y responsabilidades, no nos permite corregir errores y aprender de experiencias pasadas. Ser socialista no puede reducirse a un sentimiento de aversión por la corrupción de un gobierno de derechas. De ahí el absurdo, cuando hablas con militantes del PSOE que a pesar de lo ocurrido, no atribuyen responsabilidad alguna su líder, están dispuesto a olvidarlo todo, y se sienten orgullosos de su coherencia política. Se olvidan de que el liderazgo es, sobre todo, un proceso de creación de valor cuando solo defiendes a toda costa de una posición política sin tener en cuenta sus consecuencias, acabas destruyendo valor y dividiendo a los tuyos.

El líder político como arquitecto social

Querido lector, creo que ya a estás alturas habrás deducido que no soy precisamente un fan del liderazgo populista. Sobre todo porque creo que los desafíos a los que nos enfrentamos en una sociedad compleja e hiperconectada son muy complejos como para abordarlos desde la simpleza y el reducionismo del “si o el no a Rajoy”.

Los líderes políticos de hoy y del mañana, como arquitectos sociales, han de ser capaces de seleccionar los valores que deseamos mantener y preservar, y descartar aquellos que son prescindibles, dejando espacio para las capacidades necesarias para afrontar el futuro con éxito. Además, como líderes deben mantener a su organización en una zona productiva de desequilibrio, sin polarizar el debate, haciendo las preguntas incómodas, tomando las decisiones difíciles y gestionando los conflictos inevitables, las pérdidas y la confusión asociadas a los cambios; en definitiva, deben crear valor y afrontar los desafíos que afectan a sus organizaciones de formas productivas en lugar de destructivas.

Como arquitectos sociales debemos evitar la simplicidad y la polarización de las ideas, nuestro trabajo consiste hacer las preguntas adecuadas, y crear las condiciones propicias para que las respuestas a los nuevos desafíos sean colectivas, es decir, para que la solución emerja de forma natural fruto de las relaciones de colaboración establecidas entre todas las personas de la organización y entre estas y el exterior, aprovechando inteligencia colectiva.

A diferencia del liderazgo formal desde una posición de autoridad, donde nuestro poder se deriva de la posición, cuando actuamos como arquitectos sociales nuestro poder se deriva de la autenticidad, credibilidad, y nuestra capacidad para tomar decisiones, y actuar proactivamente como líderes en base a nuestra pasión, constancia, autoconfianza y valor añadido a la comunidad. Por lo que puedes ejercer este tipo de liderazgo desde cualquier posición en tu organización, movilizando a los demás —fuera y dentro de tu área de responsabilidad— para lograr comprensión y acuerdo sobre lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo, facilitando los esfuerzos, tanto individuales como colectivos,  y desarrollando las nuevas competencias y hábitos necesarios para adaptarse a las nuevas circunstancia.

 

 

 

Redarquía social y populismo

“La palabra es mitad de quien la dice y mitad de quien la escucha”

Michel de Montaigne

Según todas los sondeos publicados, las elecciones generales del próximo domingo, volverán a confirmar el creciente auge de los partidos emergentes en nuestro sistema político. Prácticamente todas las encuestas confirman que los ciudadanos siguen rechazando el bipartidismo y el panorama político que se avecina es, sin duda, mas complejo, incierto e imprevisible que el anterior. Lo que me ha animado abrir la conversación de hoy, es el echo de que pesar de los interminables debates en los medios de comunicación sobre el 26J, no existe acuerdo alguno sobre la naturaleza del fenómeno y las causas de su creciente atractivo para una parte importante de la población.

Mi objetivo es llamar la atención sobre la importancia de la redarquía social en el Elecciones_26Jfenómeno populista. Las redes establecen un orden alternativo en una sociedad hiperconectada y los modelos tradicionales de confrontación política han quedado obsoletos, en la medida que son incapaces de interactuar con la nueva realidad social. El reconocimiento de la redarquía como nuevo orden social es clave para comprender la emergencia del populismo, sus desafíos y oportunidades, y las implicaciones que tienen las nuevas formas de hacer política en nuestro convivencia y en la regeneración de la democracia

La redarquía social como nuevo orden

A lo largo de la historia, los movimientos sociales han sido y siguen siendo, las palancas del cambio social. En un mundo conectado y de cambios acelerados, estos movimientos son promovidos y difundidos a través de los nuevos medios de comunicación social, y son representativos de una nueva forma de acción colectiva emergente en la sociedad red.

Estos nuevos movimientos sociales son ejemplos de redarquía social y tienen en común una profunda desconfianza en las instituciones tradicionales y partidos políticos que gobiernan la sociedad,  adoptan distintas formas, valores y creencias según las necesidades específicas de la causa que les dio la razón de existir. y en última instancia buscan acceder al poder y transformar un orden social que consideran injusto e insostenible.

Una diferencia fundamental de los nuevos partidos que han recogido sus mensajes y consignas, como “no nos representan”, “juntos podemos”, es que no son programáticos como los partidos políticos tradicionales. Sus organizaciones, lejos de las jerarquías y los “aparatos tradicionales”, son estructuras abiertas y participativas en red, que se cuestionan colectivamente los objetivos a conseguir y los mensajes mas adecuados para la movilización ciudadana. Sus reivindicaciones son múltiples y emocionales, no siguen un programa determinado, según gusta decir Pablo Iglesias: “Podemos no es un partido político con intereses propios, sino un instrumento en manos del cambio”

Su objetivo final confesado es cambiar los valores de la sociedad y cambiar el estado de las cosas que consideran injustas. Y su punto de partida es un antagonismo político diferente al tradicional, de “derechas” e “izquierdas”. Su lógica discursiva polariza el espacio entre el “pueblo” y las élites dominantes, la “casta”. Sus líderes buscan llegar al poder para cambiar el status quo actual, y movilizan a sus seguidores apelando a la lucha constante de “los de abajo” frente a “los de arriba’” como un instrumento para reforzar la identidad colectiva y transmitir sus ideales a la sociedad.

La redarquía social después de las pasadas elecciones municipales, es una realidad en nuestro país. Cerca de siete millones de ciudadanos españoles son vecinos de capitales cuyos consistorios se han dado en llamar los “ayuntamientos del cambio”. Las candidaturas de unidad popular que tomaron el impulso de los movimientos sociales y las plataformas ciudadanas ganaron en cinco grandes capitales (Madrid, Barcelona, Zaragoza, Santiago de Compostela y La Coruña. Y en Valencia, la tercera ciudad española por tamaño, gobierna en coalición un alcalde de Compromís.

El populismo como nueva forma de hacer política

Me parece interesante como punto de partida para entender el impacto en la política de los nuevos movimientos sociales, la propuesta de Ernesto Laclau, en su libro La razón populista, en el sentido de “rescatar el fenómeno del populismo, de su lugar marginal dentro de las ciencias sociales y pensarlo no como una forma degradada de la democracia sino como un tipo de gobierno que permite ampliar las bases democráticas de la sociedad”. Sus planteamientos son particularmente relevantes en el contexto de España, ya que en palabras de Pablo Iglesias, el teórico político Argentino, es el padre intelectual de Iñigo Errejon, responsable del diseño de la estrategia electoral de Podemos.

El populismo, según Laclau, es una manera de construir lo político a partir de identidades o demandas sociales especificas. “Cuando las masas populares que habían estado excluidas se incorporan a la arena política, aparecen formas de liderazgo que no son ortodoxas desde el punto de vista liberal democrático, como el populismo. Pero el populismo, lejos de ser un obstáculo, garantiza la democracia, evitando que ésta se convierta en mera administración de lo publico”.

El objetivo declarado del populismo como forma de hacer política es volver a darle al pueblo, la voz que le ha sido confiscada por las élites extractivas ó la “casta” en términos de Podemos. La estrategia del “ellos” contra “nosotros” es la esencia de esta nueva forma de hacer política. En otras palabras, el discurso populista sostiene que el pueblo ha sido víctima de una una élite corrupta que ha secuestrado la voluntad popular. El problema está, en que el “pueblo” puede ser construido de maneras muy diferentes y no todas van en una dirección progresista. De hecho, es el líder populista quien  determina quién es gente y quien es casta. En varios países europeos esa aspiración a recuperar la soberanía ha sido captada por partidos populistas de derecha que han logrado construir el pueblo a través de un discurso xenófobo que excluye a los inmigrantes, y en Cataluña, sin ir más lejos, los partidos independentistas quieren construir un pueblo cuya voz reclama una república catalana que se limita a defender los intereses de los considerados soberanistas.

Pero, independientemente de las formas problemáticas que pueden tomar algunos de esos movimientos, es importante reconocer que se apoyan en legítimas aspiraciones democráticas.La exclusión social, la perdida de identidad colectiva, y la inseguridad frente a un mundo globalizado, son los motores del populismo. Por lo que,  en una sociedad conectada el populismo como forma de movilización de masas en torno a unas aspiraciones compartidas está aquí para quedarse. Como un fenómeno social, su desaparición es  improbable mientras haya grandes mayorías de ciudadanos que vivan en situaciones límites,  excluidas de la distribución de la riqueza, y que buscan legítimamente mejorar su situación.

El populismo como estilo de liderazgo

Flavia Freidenberg, en su libro La tentación populista. Una vía al poder en América propone abordar el populismo como un “estilo de liderazgo”, entendido este como “la relación directa, personalista y paternalista entre líder-seguidor, en la que el líder no reconoce mediaciones organizativas o institucionales, habla en nombre del pueblo y potencia discursivamente la oposición de éste con “los otros”. El líder populista busca cambiar y refundar el status quo dominante; donde los seguidores están convencidos de las cualidades extraordinarias del líder y creen que gracias a ellas y/o al intercambio clientelar que tienen con él conseguirán mejorar su situación personal o la del colectivo. El político populista pretende así, ser el único que representa la voz de todo el pueblo.

Estos líderes, como ha sido el caso de  Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. presentan algunas características en su manera de hacer política que los diferencia de los políticos que habían gobernado hasta ese momento. De tales características, hay dos que resultan novedosas: a) el modo en que se erigen como alternativa frente a los actores  tradicionales, con una clara intención de cambiar el sistema político; y b) el hecho de que consiguen articular una coalición plural de sectores sociales que les otorga legitimidad y abre la posibilidad de poner en marcha proyectos de cambio, sobre la base de una democracia de mayorías.

El problema con este tipo de liderazgo, como analiza muy bien Flavia en su libro, es que todos estos líderes en la practica se han relacionado de manera ambivalente con la democracia. Por un lado, han empleado las elecciones como un instrumento plebiscitario y han legitimado sus proyectos en las urnas en reiteradas ocasiones, empleando los recursos del Estado y las redes clientelares. Pero por otro, han sido responsables de múltiples ataques a las instituciones de la democracia y del ejercicio arbitrario del poder.

El necesario rescate de los partidos políticos

Una sociedad conectada nos plantea retos especialmente complejos; retos que los partidos políticos tradicionales son incapaces de resolver. Y esto es así, en buena medida, porque sus estructuras y modelos de gobierno están basadas en un modelo jerárquicos que ignora tanto las exigencias como las posibilidades actuales de participación, colaboración e involucración de los ciudadanos en la política. Y es que desde su punto de vista fundamental —como maquinas de poder— los aparatos de los partidos políticos tiende a sobrevalorar el legado y las experiencias anteriores a expensas de la innovación y la adaptabilidad de sus estructuras a los nuevos desafíos.

No es cierto que no haya alternativas reales a nuestro sistema político. El problema es que no hay voluntad política para hacer lo que es necesario hacer, que no son unas pequeñas “reformas” en los partidos políticos o cambios menores en sus órganos de gobierno, sino una verdadera reinvención de nuestra instituciones en su conjunto en base a nuevos valores como son la trasparencia, la apertura y la participación ciudadana, necesarias para recuperar la credibilidad perdida y volver a conectar con la sociedad real.

La realidad nos muestra cada día que las estructuras jerárquicas actuales tiene un coste muy elevado en términos de transparencia, iniciativa, creatividad y compromiso. Cada día es más evidente que necesitamos rescatar a nuestros partidos políticos de sus “aparatos” actuales para hacerlos más abiertos, participativos y transparentes; para transformarlos en nuevos partidos capaces de conectar con la nueva realidad social y dar una respuesta colectiva —la única posible— a los nuevos retos. Esta repuesta pasa necesariamente por la regeneración de la clase política y la mejora de la calidad del debate público.

La única manera de impedir la emergencia de partidos populistas es la reinvención de los partidos políticos tradicionales, seriamente dañados por los casos de corrupción, el clientelismo y el deterioro institucional, no como aparatos de poder representativo de las voluntad de sus votantes, sino como como verdaderas plataformas de acción política capaces de para oponerse al populismo con respuestas especificas a las aspiraciones democráticas del pueblo y las encauce hacia una defensa en base a nuevos valores como son la trasparencia, la apertura y la participación ciudadana, necesarias para recuperar la credibilidad perdida y volver a conectar con la sociedad real.